Si algo caracteriza al mundo actual globalizado es el generalizado extravío del sentido común. El sistema de la Globalización, ha generado una economía que ha perdido todo vínculo con la realidad y que, podríamos decir que ha logrado distanciarse totalmente de la escala de lo humano. Se practica un consumismo alocado en ciertos bolsones de riqueza, mientras otros países y otros cientos de millones de seres humanos se ven condenados a la más atroz de las indigencias. No es ya como nos acostumbramos a decir en los años sesenta, un problema de países ricos y de países pobres. En los países supuestamente ricos existen bolsones de pobreza extrema y en los nuestros, podemos ver en medio de un mar de pobreza, grupos sociales de una riqueza y de un poder adquisitivo, que emula a los más ricos del mundo. No obstante, si algo realmente diferente nos separa de las antiguas dependencias al imperialismo, es que ahora las víctimas y los victimarios, los consumidores excesivos y los indigentes que perecen por desnutrición y enfermedades medievales, están unidos por los hilos invisibles de valores similares y por adhesiones parecidas. En el mundo global imperan corporaciones transnacionales que no guardan lealtades a patrias ni fronteras, de allí que nos sea asimismo difícil hablar de centros y de periferias en el mundo globalizado. La visión del mundo que imponen los núcleos corporativos, es la de un tipo de producción, un tipo de consumo y una cantidad de hábitos de vida, cuidadosamente planeados, tanto para facilitar sus intereses globales, cuanto para convertirnos en seres inermes, en tanto que mecanismos dóciles de sus procesos planetarios.
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