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Sustentabilidad: no nos bastardeen los términos |
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Viernes, 17 de Julio de 2009 09:50 |
El término sustentabilidad viene siendo utilizado de muy distintas maneras por actores sociales también diferentes. Dirigentes de izquierda, derecha y centro tuvieron en los discursos pre y pos electorales, al menos, un párrafo destinado a la sustentabilidad (como sustantivo) o al desarrollo sustentable (como atributo de desarrollo).
Si bien es loable que las premisas ambientalistas hayan alcanzado, por fin, algo parecido al rango de preocupación, hay una serie de principios que fundan la sustentabilidad que son incompatibles con el modelo de gestión imperante, y aún con el modelo que se califica como nuevo.
Vale la pena señalar los síntomas del desarrollo no sustentable para poder decidir si lo que se propone como nuevo no es más de lo mismo disfrazado de otra cosa. Es decir, controlar el significado de las palabras como un refugio de la democracia.
Desarrollo sustentable y desarrollo no sustentable
La Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo (1987) definió el desarrollo sustentable como “la estrategia de desarrollo cuyas metas satisfacen las humanas, como fuera señalado en la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas, al mismo tiempo que mantienen un acervo constante de bienes ambientales: recursos no renovables, la capacidad finita de los sistemas naturales de producir recursos renovables, y la capacidad de los sistemas naturales de absorber la contaminación que se deriva de las actividades humanas, bienes ambientales para el uso de las generaciones futuras y metas que evitan el daño irreversible a dichos bienes”.
La FUNDASAL, en su Carta Urbana de agosto de 1996 nos advierte que el concepto de desarrollo sustentable ha variado a través del tiempo. Se ha pasado de una definición fundamentalmente ecológica a la concepción de sostenibilidad ambiental, lo que implicó un acercamiento al concepto de desarrollo, que presenta la intervención del hombre y otras variables sociales en una interacción compleja.
Agenda 21 (1992), por su parte, determina que desarrollo sustentable es un programa de acción tendiente a alcanzar una reforma económica local y mundial, un programa que queda todavía por definirse en su globalidad. “El reto es desarrollar, probar y diseminar formas de cambio del proceso de desarrollo económico para que no destruya los ecosistemas y el hábitat social (viviendas, ciudades, aldeas, familias) que hacen la vida posible y digna”.
Dentro de esta complejidad de objetivos y factores se perfilan una serie de conflictos entre lo económico, lo ecológico y lo comunitario. El desarrollo sustentable se constituye también en un proceso que busca un equilibrio entre estos tres aspectos del desarrollo. Por lo tanto, la implementación de una estrategia para el desarrollo sustentable implica un proceso de negociación entre los principales grupos interesados involucrados en los procesos mencionados. Ya dijimos que aunque en nuestros días es muy común hablar de desarrollo sustentable, el mismo es un concepto relativamente nuevo. Podríamos decir que su elaboración y difusión surgen como resultado de tomar conciencia de la crisis de un modelo de desarrollo económico basado en el crecimiento ilimitado.
La Coalición Internacional para el Hábitat (HIC) refiere que “la crisis mundial del Hábitat Humano y del Medio Ambiente se centra en el modelo mismo del desarrollo caracterizado por un crecimiento indiscriminado en los países ricos y un proceso acelerado de empobrecimiento que afecta a dos tercios de la población mundial. Cuando una economía de mercado está dominada por una explotación intensiva de los recursos y la estructura social no concerta los intereses de las sociedad en forma integral se puede señalar un proceso de desarrollo no sustentable que presenta los siguientes rasgos:
Falta de equidad, determinada por la concentración del ingreso. Predominio de las estrategias económicas de corto y mediano plazo. Los altos niveles de centralización de la inversión pública y el poder político que provoca desigualdades y desequilibrios regionales. La ausencia de auténticos canales de participación de la sociedad civil.
Esta caracterización nos hace pensar en si debemos seguir creyendo en que la clase política actual (los que ganaron y los que perdieron) está dispuesta a revertir el proceso en el que estamos inmersos. Por ejemplo, todos hablan de combatir la pobreza. Para medirla hay varios métodos que dan diferentes clasificaciones de pobres. Nadie habla del combate a la riqueza. Cuántas veces más de lo necesario para vivir se debe reunir para ser considerado rico? No hay un rasero semejante para medir pobreza y riqueza. Es que pareciera que el enriquecimiento y el empobrecimiento no se leyeran como procesos interdependientes. La riqueza necesita y se nutre de la pobreza.
Ningún gobierno nacional, popular y sustentable podría convivir con productores (de alimentos?) de 2000 hectáreas y al mismo tiempo tener al 40 % de su población con hambre. Tampoco expropiaría tierras aptas para horticultura, granja y pesca para dárselas a una empresa extranjera y contaminante. La minería -y no solo el monocultivo de la soja- estarían buscando otras formas menos dañinas de producir si aplicáramos los controles que postula el desarrollo sustentable.
Mientras se alega el combate a la pobreza, lo que se institucionaliza es la ayuda o la seducción al capital para que invierta, genere empleos y levante el consumo de las clases desfavorecidas por el mismo sistema capitalista generador de pobreza. El consumo es el motor de la economía de mercado pero nada tiene que ver con la sustentabilidad, que esgrime como herramienta cultural la reducción del consumo, el reciclaje y el rehúso.
No nos queda claro cómo llegaremos a ser una sociedad de la sustentabilidad cuando los indicadores disponibles sólo nos hablan del crecimiento o no crecimiento y no hay datos oficiales sobre la distribución de la renta, la forma y beneficiarios de la explotación de los bienes comunes, la soberanía alimentaria, el desarrollo humano.
Mientras no se cuestione el estándar de vida consumista ni los valores del sistema que lo nutre no podemos hablar de sustentabilidad. Mientras las empresas inmobiliarias planifiquen la ciudad a su gusto y paladar proponiendo lujosos barrios privados en la casa misma del río y en contraste la población expulsada de los campos se asiente a las orillas de la ciudad en lugares igual de vulnerables, sin agua potable, servicios de educación y atención primaria de la salud, no podemos decir que queremos ser sustentables. Mientras se siga insistiendo en que la inversión extranjera es la solución a los problemas de desempleo -cuando la CTA en el 2000 analizaba los resultados de la época de oro de las inversiones, los ’90, como negativos-, mientras no le pongamos límites a la fuga de capitales, mientras el sistema impositivo recaiga de igual manera en los que tienen y en los que no, estaremos en una zona de confusión, justamente de modelos.
¿Cuándo vamos a enarbolar - y ser consecuentes con ello- la austeridad, el respeto al otro y a las leyes, la voluntad de dejar para las generaciones futuras las cosas listas para usar? Una lectura de las medidas adoptadas por el gobierno provincial y por el nacional y de las propuestas de la oposición, nos advierte que estamos lejos de que la sustentabilidad sea una meta para nuestra dirigencia. Al menos, no nos gasten las palabras, no nos bastardeen los términos.
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Última actualización el Sábado, 18 de Julio de 2009 10:04 |