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Por Nidia Piñeyro
Todavía no se termina de asentar la polvareda levantada por la supuesta apología a la pedofilia y comienza a enrarecérsenos el aire de nuevo. Esta vez el revuelo lo provoca otro mensajero. Alguien que quiere hablar de los efectos del glifosato en la salud.
 Definitivamente somos una sociedad pacata, cínica y cobarde. Así como nos asusta la combinación de las palabras niño y cópula, le tememos a la relación entre la palabra agricultura y la palabra muerte. El efecto deseado, el silencio, llegará otra vez. Unos cuantos dimes y diretes más y se enseñoreará, porque el tabú vive del miedo y nosotros tenemos miedo de hablar. Hablar de los muertos del glifosato. La estrategia —demasiado burda pero sistemática— para quitar la palabra a los que esgrimen otra posible verdad es la violencia, el amedrentamiento, la patoteada.
El suceso que protagonizaran los dirigentes políticos de La Leonesa en ocasión de la visita del Doctor Carrasco tiene algunas similitudes con las audiencias (no) públicas de Puerto Vilelas. En aquellas ocasiones cada vez que había un intento de intervención que prefiguraba una oposición a la instalación de la planta de arrabio, se cortaba el sonido o una batucada irrumpía con bombos y cornetas para impedir la exposición. En la versión taquigráfica de las audiencias quedó sintetizada la intencionalidad de no escuchar las voces adversas al proyecto: largos discursos a favor fueron transcriptos en su totalidad, los demás, con una simple etiqueta: se opone. ¿Por qué no nos damos la oportunidad de hablar sobre el desarrollo? ¿Cuándo vamos a explorar otros mecanismos para construir políticas de Estado que no pasen por el exterminio de la palabra y el pensamiento de los otros? Intentan oponer la idea de empleo a la de sustentabilidad, enfrentan falazmente el cuidado del ambiente con el progreso. Lo hacen sabiendo que es inconcebible que un argentino desee que otro no tenga cómo ganarse la vida. Pero no se trata de cultivar o no arroz o soja, de hacer o no un parque industrial. Se trata de cómo se hacen en el Chaco y en el país estas actividades económicas. El tabú se nutre del miedo. Los muertos del glifosato y los enfermos de cáncer de los pueblos fumigados están esperando que demos el debate, están esperando que las estadísticas los hagan visibles, que los médicos se atrevan a hacer hipótesis serias sobre la relación causal entre los venenos que cuidan los rindes y la pérdida de salud y calidad de vida, están esperando que hablemos de modelos de desarrollo, porque no hay uno solo aunque sólo se quiera hablar de uno. Un pedófilo no se hace leyendo libros para hacer talleres literarios sino con la impunidad y el silencio cómplice del que gozan otros pedófilos. No hay que gastar energía en crucificar la apología de la pedofilia, hay que hablar de sexo en las escuelas, en las casas, en los textos para que ningún niño tenga vergüenza de denunciar al adulto que lo abusa. Una agricultura que tiene efectos nocivos para la salud no puede gozar del favor del silencio, no es patoteando a Carrasco que se terminarán los muertos del glifosato.
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